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«Está devaluado y los inversores ya no confían en su capacidad para revertir la crisis»

La cuestión económica es indudablemente el eje de esta elección y es consecuencia de una situación coyuntural -una crisis cambiaria durísima- y un programa de ajuste que le quita margen de acción al gobierno. Con la meta del déficit cero, el objetivo de reducir una inflación que en 2018 fue la más alta desde 1991 y estabilizar el dólar, el programa acordado con el FMI impulsó una fuerte restricción sobre la base monetaria y limitó hasta abril la capacidad de acción del BCRA a partir de una zona de no intervención del dólar. Los cimbronazos económicos obligaron al gobierno a girar hacia una nueva agenda que redujo las posibilidades de hacer crecer la actividad económica del país.

Sin embargo, no hay que perder de vista el contexto: es la quinta recesión que experimenta la Argentina en los últimos diez años, lo que plantea un ciclo de mediano plazo muy singular, con una mirada a largo plazo más que compleja.

Cuando uno mira a la Argentina en relación con otros países de la región y del mundo, queda demostrado que se trata de un caso de crecimiento subóptimo. Incluso podría decirse que el país sufre un «estancamiento secular», condición que se presenta cuando una economía padece largo períodos sin crecimiento, con niveles de empleo fluctuantes, en los que la depresión se constituye como norma. Es efecto, si analizamos la situación del país en los últimos cien años, queda en evidencia que experimentó una reversión de su desarrollo: había alcanzado un nivel muy superior al de los países de Latinoamérica hacia la primera mitad del siglo pasado; sin embargo, lejos de consolidar ese progreso, entramos en una ciénaga asfixiante de la cual no podemos salir.

En consecuencia, para poder cambiar esta tendencia es necesario comprender que, más allá de la crisis actual, el país tiene en la economía uno de sus mayores dramas históricos.

Pero en el caso de Macri el problema económico adquiere una dimensión mayor, dado que, por sus características y su ideología, era visto como un gobierno capaz de encarrilar las cuentas del país. Existían dudas respecto de su capacidad para moverse en el terrero de la política, pero en lo económico imperaba la percepción de que «el mejor equipo de los últimos 50 años» sería imbatible. Esa sobreexpectativa se acrecentó incluso por las afirmaciones del propio Macri, que aseguraba que bajar la inflación era fácil y auguraba buenas noticias para el segundo semestre de su mandato. Las promesas partían de la creencia de que la llegada de Macri al poder terminaría con el kirchnerismo y su modelo populista, para así liberar la energía transformadora que estaba contenida y desaprovechada por la mala praxis K. Nada de eso ocurrió. Luego de la dura crisis cambiaria que vivió la Argentina, queda claro que ese objetivo tampoco hubiera revertido la decadencia de más de siete décadas que sufre el país.

Por este motivo, resulta razonable que el gobierno haya pretendido enfocar esta campaña electoral en ejes no económicos, tratando de enfatizar que si bien la economía está mal, se hizo lo que había que hacer y se empiezan a notar los resultados (…)

(…) Si bien la ciudadanía no vota únicamente en función del bolsillo, la economía es un tema crucial para la Argentina y se ha convertido en una cuestión clara y dominante en la conversación pública que cruza a toda la sociedad, alcanzando incluso a los segmentos de medios y altos ingresos, que también han demostrado preocupación por la evolución de la inflación, inquietud acerca del ciclo económico e incertidumbre sobre su futuro personal y familiar.

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