Tecnología digital: ahora resulta que cualquiera opina

0
9

A la tecnología digital se la acusa de empobrecer la lectura, arruinar la inteligencia, ofrecer saberes basura, etc. Pero los críticos prefieren ignorar que el tecnocapitalismo aumentó como nunca el acceso al saber humano, incluyendo a millones antes excluidos por límites geográficos o económicos: casi todos escribimos y leemos textos diversos, y podemos incluirnos en debates globales, algo imposible en tiempos de dominio impreso y televisivo.

Aunque estos consumos y la “batalla cultural” son previos, lo digital los multiplicó infinitamente, tal como la imprenta o la escuela lo hicieran antes con la lectura.

Algunos indican una neo-barbarie: se sorprenden porque lo digital expone rasgos plebeyos invisibles o degradados por el establishment cultural y mediático. También alertan sobre los efectos negativos de la hiperconexión cayendo en una paradoja fatal: alcanzan audiencias globales gracias a redes sociales, pero si se viralizan ideas contrapuestas las llaman salvajismo troll, alienación y ultraderecha.

Denuncian barbarie digital, pero ocultan que ellos se beneficiaron de otras tecnologías, como la escuela o la imprenta, que también rompieron esquemas antes considerados intocables: nos recuerdan a John Locke, quien impugnaba a las escuelas porque consideraba un retroceso que un docente enseñe a muchos alumnos a la vez en lugar de hacerlo uno a uno.

El tecnocapitalismo derriba muchos límites físicos y la competencia reduce los precios que antes impedían acceder a cualquier texto, ahora disponibles en repositorios virtuales y mediante dispositivos ubicuos y baratos. También caerá otro muro: traductores universales permitirán entender cualquier lengua, haciendo que los angloparlantes pierdan privilegios naturales o adquiridos. Y la cosa se pondrá aún más rara.

Describir lo predigital como paraíso perdido es una treta elitista, nostalgia por la pérdida del control del conocimiento por parte de élites culturales, medios o gobiernos y encubierta por el relato melancólico de los intelectuales del viejo orden quienes, románticamente, reivindican librerías a las que acceden los pocos con recursos para hacerlo. La mayoría de las críticas a lo digital expresan la extinción de esta hegemonía: un intento por preservar el monopolio del saber por parte de sus antiguos poseedores.

Las redes sociales son el blanco preferido por superficiales y egocéntricas, como si los intelectuales que pontificamos desde altares académicos o mediáticos fuéramos la mar de humildes y profundos. El crítico biempensante, conectado a más no poder, predica la desconexión parcial y como auto percibido gourmet de ideas, alienta la salida de redes “fascistas” para reagruparse en redes “democráticas”. Todo tan elegante como impotente.

Lo digital permite difundir voces e imágenes antes ocultas e ideas alternativas al viejo régimen cultural, superando la clandestinidad y la irrelevancia. Plataformas de streaming, de blogs fotos, videos y microposts y de venta masiva de libros (físicos y electrónicos), centuplican la circulación de saberes y enfoques de acceso antes imposible en un ecosistema aplanado, donde hasta el más reputado debe tolerar reproches e insultos que no respetan blasones: doy fe. Ahora resulta que cualquiera opina, esté o no legitimado por una catedral habilitada.

El pluralismo no parece amenazado allí donde la censura es improbable, contrariamente a lo que ocurría con tecnologías escrituradas desde Stalin hasta Videla, pasando por la inquisición: no me hubiera perdido a Galileo Galilei en X. Quienes sugieren controlar excesos digitales podrían inspirarse en las dictaduras que ya lo hacen.

Esto no avala delirios mesiánicos de gurús digitales que exaltan un nuevo nirvana. Lo digital es una tecnología más de procesamiento del saber, sometida a lógicas de poder y lucro equivalentes a anteriores. La diferencia es la aceleración capitalista.

La mayor incorporación de saberes a circuitos masivos incluye ideas repugnantes y prácticas deleznables como explotación sexual, cancelación, ciberestafas, racismo o anti ciencias. Nada nuevo, solo que ahora están más cerca del consumidor que con el impreso, pero recordemos que en el pasado el impreso, también acercaba ideas y prácticas horribles más que las tecnologías precedentes, con textos que el Estado obligaba a leer y memorizar. El Mein Kampf de Hitler, recordemos, es un libro. Toda la maquinaria nazi funcionó con impresos, no con posteos.

La obstinación un poco pedante contra lo digital refleja pérdida de privilegios. La invocación a paraísos perdidos no reconoce que, nos guste o no, la dinámica capitalista destruye para crear y, en su sed de aniquilación, acelera también las tecnologías del saber, por lo que lo digital será superado por otra tecnología: las celebridades de hoy criticarán a las del futuro, tal como hoy son impugnadas por las celebridades de ayer.

Mariano Naradowski es profesor de la Universidad Torcuato Di Tella


Sobre la firma

Mariano Narodowski
Mariano NarodowskiProfesor de UTDT y Pansophia Project

Bio completa