El Partido Peronista Femenino organizó actos desde comienzos de 1951, en los que promovía la candidatura de la esposa del presidente (Archivo General de la Nación)

La idea de Evita candidata a vicepresidente para las elecciones presidenciales para el período 1952-1958 estaba en el ambiente, y los peronistas lo tomaban como algo natural e inevitable. Y ella no vio con malos ojos esa iniciativa que surgió de diversos sectores, y con mucha fuerza de la Confederación General del Trabajo, que además buscaba con esa nominación fortalecer el sindicalismo dentro del gobierno.

Desde febrero, ella se había involucrado en la campaña electoral con un acto del Partido Peronista Femenino. Días antes había suscripto una declaración que sostenía la necesidad de reelección de su marido. Se sorprendió o fingió hacerlo cuando a los días esas mismas mujeres comenzaron a sostener su nombre como candidata.

En julio de 1951 se dio a conocer que las elecciones, previstas para febrero, se adelantaban para el 11 de noviembre. Sería la primera elección presidencial en la que votaría la mujer. A comienzos de agosto la dirección de la CGT -que un año atrás se había incorporado orgánicamente al peronismo – aprobó la fórmula de Perón-Evita. Cuando le comunicaron al presidente la decisión, éste no se pronunció.

Estaban juntos desde enero de 1944. A su regreso de su gira por Europa, ella adquirió mucho poder (AP Photo, File)

En el tiempo en que se discutían las candidaturas para el próximo período, el entonces vicepresidente el correntino Juan Hortensio Quijano estaba enfermo, al exgobernador Domingo Mercante lo habían borrado de la escena política cuando pensó en ser candidato a presidente en tiempos en que Perón simulaba no estar interesado esperando el momento del operativo clamor. Quedaba ella como figura reconocida dentro del peronismo.

Al sanjuanino José Espejo, que desde el 3 de diciembre de 1947 era el secretario general de la CGT y además, cercano a Evita, se le ocurrió armar una concentración popular para que la candidatura surgiese de una suerte de un pedido multitudinario.

Perón no había estado de acuerdo con el acto. Sabía que estaba muy enferma y además sus camaradas militares no permitirían el avance de esa iniciativa. Pero como la maquinaria partidaria ya estaba en marcha, no tuvo más remedio que dejar hacer.

Evita saluda a la multitud desde el palco, que ostentaba la frase

Desde 1945 se le cuestionaba a Perón su relación con Eva, en tiempos en que no estaban casados y ya convivían. Fueron tiempos de sordos cuestionamientos que también alcanzaba a la familia de la mujer. En charlas en confianza con el ya presidente, en el que intercedieron viejos compañeros de armas se intentó, vanamente, de que entrase en razones. Se pretendió convencerlo de quitar a su esposa del lugar que ocupaba. Pero no hubo caso.

El ambiente estaba caldeado en los cuarteles. Los militares se habían opuesto al artículo de la Constitución que permitía la reelección presidencial y no vieron con buenos ojos la defenestración del coronel Domingo Mercante, gobernador bonaerense -sucesor cantado de Perón en la Rosada- cortándole los fondos para obras e impidiéndole la reelección como gobernador. Los militares opositores se nuclearon en una logia, a la que llamaron Sol de Mayo.

El humor castrense se agravó cuando se barajó la posibilidad de que Eva Perón fuera candidata. Resultaba inadmisible que, ante la muerte del presidente, una mujer lo sucediera y además se convirtiera en comandante de las fuerzas armadas.

José Espejo, secretario general de la CGT, principal promotor de la candidatura de Evita

Espejo desechó realizar el acto en la Plaza de Mayo porque la consideró chica. Armaron un palco sobre la calle Moreno, frente al edificio de Obras Públicas, sobre la 9 de Julio, que miraba hacia el obelisco. Ese sería el escenario del Cabildo Abierto del Justicialismo. Todo estuvo a cargo de una comisión de festejos, surgida en el seno de la central obrera.

El multitudinario acto, que contó con la presencia de gente de todo el país, porque durante la semana se fletaron trenes gratis para la ocasión, se realizó el miércoles 22 de agosto de 1951. El que habló primero fue Espejo: “Mi general, he aquí al pueblo reunido en cabildo abierto del justicialismo que viene a decirle a usted, su único líder, como en todas las grandes horas: ¡Presente mi general!”, expresó el sindicalista. “Mi general, notamos una ausencia, la ausencia de vuestra esposa, la señora Eva Perón, la sin par en el mundo, en la historia, en el cariño y en la veneración del pueblo argentino. Tal vez su modestia, que es quizá su más grande galardón, le haya impedido que se encuentre aquí presente, pero este cabildo abierto no podrá continuar sin la presencia de la compañera Eva Perón”.

Minutos después Evita, debilitada por su enfermedad, fue ayudada a subir al palco y se abrazó con su marido. Visiblemente demacrada, vestía un traje sastre oscuro, lucía en su pecho un prendedor del Partido Justicialista, tenía el pelo atado con su clásico rodete, y cada tanto estrujaba en su puño un pañuelo. Lloraba y estuvo a punto de desmayarse. Se ubicó a la derecha de Perón, cuya sonrisa contrastaba con la seriedad de su mujer. Una ovación se hizo sentir cuando Espejo leyó el documento que consagraba las candidaturas de Perón y Eva.

Una marea humana copó la avenida Nueve de Julio, que llegaba hasta el obelisco

Eva pronunció un encendido discurso pero sin referirse específicamente a la candidatura. La respuesta no se hizo esperar.

“Compañeros, Eva Perón aún no ha dado la respuesta que todos esperamos”, advirtió Espejo. Con el acuerdo de Perón y de Evita, pidió un cuarto intermedio hasta el día siguiente para dar una contestación. La multitud se negó y exigió un pronunciamiento ahí mismo. “Usted señora, debe aceptar este sacrificio que el pueblo le pide y la patria le demanda”, exigió Espejo.

“Mis queridos descamisados, yo les pido que no me hagan hacer lo que nunca quise hacer. Por el cariño que nos une, para una decisión tan trascendental, yo les pido me den, por lo menos, cuatro días para pensarlo”, pidió Eva. Pero la gente le hizo saber que quería conocer su decisión en ese momento. Con ambos brazos en alto, pedía silencio.

“Compañeros, yo no renuncio a mi puesto de lucha, renuncio a los honores”. Luego dijo: “Yo no quiero que mañana un trabajador argentino se quede sin argumentos cuando los resentidos, los mediocres que aún no me comprenden, digan que yo quería la vicepresidencia. Les pido, como amigos, que se desconcentren”.

Eva Perón hablando esa noche del 22 de agosto (historiadelperonismo.com)

Recibió una cerrada negativa. “¡Evita con Perón! ¡Evita con Perón”! coreaba la multitud. Por primera vez un acto peronista estaba por salirse de control. Quiso calmar a la multitud diciendo que al día siguiente, a las 12, daría a conocer su decisión. No hubo caso. Evita entonces pidió: “Son las siete y media, a las nueve y media contestaré por radio…”

Testigos escucharon murmurar a Perón: “Levanten este acto”.

Como el clamor de la gente continuaba, Espejo tomó la palabra: “La compañera Evita nos pide dos horas. Nosotros esperaremos aquí su resolución”.

Ella atinó a decir “compañeros, yo haré lo que el pueblo quiera”, y su esposo decidió dar un cierre a lo que parecía no tener fin: “Como hay muchas señoras y niños, desconcéntrense lentamente. Como siempre, que sean muy felices, les agradezco mucho y que les vaya bien”. La gente acató, desencantada.

Esa noche muchos permanecieron atentos a la radio esperando conocer una respuesta de Evita, cosa que no ocurrió.

Al día siguiente del acto en la 9 de Julio, Espejo fue a la residencia presidencial a sacarle una definición a Eva. Ella estaba en cama. Le confesó que no podía ser candidata porque no creía correcto componer una fórmula que fuera un matrimonio, y que se debía dar lugar al sector político que respondía a Juan Hortensio Quijano, el entonces vicepresidente, y que no quería saber nada con ser reelecto. Pero su decisión no trascendió.

Y era de noche cuando Evita saludó a la multitud, con la promesa de que se tomaría unos días para contestar el ofrecimiento

La maquinaria militar no se quedó quieta. El 27 de agosto Eduardo Lonardi, uno de los generales opositores a Perón, pidió su relevo. Preparaba junto al general Benjamín Menéndez el terreno para lanzar al ejército a la calle. Cuatro días después una noticia lo descolocaría.

El viernes 31 de agosto, a las ocho de la noche, Evita leyó un mensaje por la cadena de radiodifusión anunciando que no sería candidata: “Quiero comunicar al pueblo mi decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron brindarme en el histórico cabildo abierto del 22 de agosto. En primer lugar, declaro que esta decisión surge de lo más íntimo de mi conciencia, y por eso es totalmente libre y surge de mi voluntad definitiva”.

Dijo que aquel día: “advertí que no debía cambiar mi puesto de lucha en el Movimiento Peronista por ningún otro puesto”.

Confesó que guardaba una sola ambición: “Que de mí se diga cuando se escriba este capítulo maravilloso que la historia seguramente dedicará a Perón, que hubo al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevarle al presidente las esperanzas del pueblo, que Perón convertía en hermosas realidades y que a esta mujer el pueblo la llamaba cariñosamente Evita. Nada más que eso.”

“Estoy segura que el pueblo argentino y el Movimiento Peronista que me lleva en su corazón, que me quiere y que me comprende, acepta mi decisión porque es irrevocable y nace de mi corazón. Por eso ella es inquebrantable, indeclinable y por eso me siento inmensamente feliz y a todos les dejo mi corazón.”

La CGT propuso que el 31 de agosto fuera designado como “el día del renunciamiento”. Se habló del “generoso desprendimiento de la señora de Perón”.

A días de ser operada, la esposa del presidente votó en el policlínico donde había sido operada

Lonardi decidió no actuar. Sin embargo, Menéndez, junto otros militares retirados, lanzaron un golpe militar el 28 de septiembre. Pero el gobierno estaba sobre aviso, Menéndez se entregó arrestado y muchos de los complotados lograron escapar.

Ese mismo día Evita estaba recibiendo una sesión de rayos y no se enteró de nada. Le extrañó que su marido no fuera a visitarla al mediodía. Para que no se alarmase, dejaron fuera de su alcance las radios. Cuando Perón fue al atardecer, ella le preguntó qué era ese griterío que venía de la calle, no tuvo más remedio que contarle lo que había ocurrido. Quiso hablar por radio esa misma noche.

“El general Perón acaba de enterarme de los acontecimientos producidos en el día de hoy, por eso no he podido estar esta tarde con mis descamisados en Plaza de Mayo de nuestras glorias (…) Les pido con todas las fuerzas de mi alma que sigan siendo felices con Perón, como hoy, hasta la muerte, porque Perón se lo merece, se lo ha ganado, y porque tenemos que pagarle con nuestro cariño las infamias de sus enemigos que son los enemigos de la patria y del pueblo mismo”.

Al día siguiente convocó en su lecho de enferma a José Espejo, Florencio Soto e Isaías Santín, todos dirigentes de la CGT. “Si el ejército no lo quiere a Perón, lo defenderá el pueblo”, les dijo. Ordenó la adquisición de 5.000 pistolas automáticas y 2.500 ametralladoras para formar milicias obreras. La compra se hizo a Holanda, y suboficiales del ejército participaron en el adiestramiento.

Tras la muerte de Evita, Perón le preguntó al ministro de Economía Ramón Cereijo si era cierto que la fundación Eva Perón había comprado las armas. Cereijo respondió que sí, que Eva había dado la orden y que eran para proteger hospitales y proveedurías. Perón mandó las armas a Gendarmería.

Así finalizaba la corta e intensa ilusión del peronismo de votar una fórmula matrimonial, hecho que se haría realidad 22 años después.