En la actualidad, Federico Mazzini es uno de los músicos argentinos singulares de su generación. Pianista, autor de un repertorio ecléctico y con un pie en la escena internacional —prepara el estreno de una obra en Berlín para 2026—, suele presentarse en festivales y dar charlas sobre accesibilidad cultural. Pero detrás de su presente hay un origen que parece más propio de una novela que de un currículum académico: hasta los ocho años no escuchó nada.

Federico Mazzini: hizo de la música una forma de vivir
Federico Mazzini: hizo de la música una forma de vivir

Lo que lo define hoy no es ese pasado, sino lo que hizo con él. Mazzini no se presenta como “el niño que recuperó la audición” ni se aferra a la etiqueta de milagro. Prefiere hablar de encuentros, de vibraciones, de la manera en que el arte transformó su vida. “La música es la forma en la que puedo ordenar mis emociones, lo que no se puede decir de otra manera”, explica.

Un antes y un después

El hecho más relatado de su biografía ocurrió en 1997. Sus padres lo llevaron al Teatro Colón para presenciar a Daniel Barenboim, sin esperar nada más que compartir una experiencia. Pero en pleno concierto, en el segundo movimiento de una sonata, Mazzini –como hoy elige que lo identifiquen- percibió lo que hasta ese momento le había sido negado: el sonido. “Sentí como si algo adentro se encendiera de golpe”, recuerda hoy. Lo primero que hizo fue girar hacia su madre y decir, incrédulo: “Lo siento, lo escucho”. A partir de ese instante, su vida cambió de dirección.

Federico Mazzini con Paco Amoroso
Federico Mazzini con Paco Amoroso

Los médicos no hallaron una explicación definitiva, aunque algunos sostuvieron la hipótesis de que una estimulación extrema pudo reactivar conexiones nerviosas latentes. Lo concreto es que, tras esa noche, Federico pidió un piano a sus padres. Empezó a explorar teclas sin conocer partituras y a repetir las melodías que se cruzaban por su nuevo universo auditivo.

De la cocina a las aulas

La semilla estaba plantada mucho antes. En su casa, el padre —médico y apasionado por la música clásica— hacía del desayuno una pequeña ceremonia, dirigiendo con una batuta improvisada mientras sonaban en la radio Beethoven, Tchaikovsky o Mahler. Aunque su hijo no oyera, lo observaba fascinado y copiaba sus gestos. Aquella coreografía doméstica fue la primera lección silenciosa.

Con la audición recuperada, vinieron las clases formales y luego el ingreso al Centro de Altos Estudios Musicales. El proceso no fue lineal: a Mazzini le costó ajustarse a normas estrictas, pero pronto descubrió su mayor talento en la composición. Su oído, recién estrenado, absorbía todo: del barroco a los Beatles, de Bach a Led Zeppelin. Ese cruce, que en muchos generaría contradicciones, se convirtió en su estilo.

La inclusión y el símbolo de Barenboim

En 2024 publicó Maestro, un EP que homenajea tanto al padre que lo introdujo en la música como al pianista que, sin proponérselo, lo llevó a escuchar. Las piezas revelan un lenguaje que rehúye la clasificación: hay ecos de Queen, de Piazzolla y de Mahler, pero también un pulso personal que lo aleja de las etiquetas. “No pienso en géneros, pienso en emociones”, sostiene.

Sus recitales son concebidos como experiencias sensoriales: invita a personas con discapacidad auditiva a ubicarse cerca de los parlantes para sentir la vibración del sonido. “Porque yo empecé por ahí —dice—, y sé lo transformador que puede ser”, apunta.

Aunque solo tuvo un contacto breve con él, la figura de Daniel Barenboim ocupa un lugar simbólico en su vida. En su estudio conserva una foto en blanco y negro del maestro como si fuera un talismán. Sueña con mostrarle alguna de sus composiciones y confiesa que le gustaría que su música, en alguna medida, funcionara como un alivio para quien anunció que tiene Parkinson.

Al piano: su lugar en el mundo, el piano, su gran amigo desde los 8 años
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La vida después del silencio

A los 36 años, Mazzini se mueve entre conciertos, proyectos sinfónicos y talleres donde transmite su historia a jóvenes músicos y a comunidades sordas. No niega la potencia del episodio que lo marcó, pero insiste en darle otro nombre: “No fue un milagro. Fue un momento en el que se encontraron muchas cosas: mi cuerpo, la vibración, la emoción del teatro. Eso abrió una puerta. Lo demás lo hice yo, con trabajo y con música”.

Y aunque su carrera avanza con proyección internacional, mantiene un anhelo muy concreto: regresar al escenario del Teatro Colón, no como espectador sino como protagonista: “Ese día empezó mi vida como oyente. Mi sueño es volver, pero para tocar. Sería cerrar el círculo con la música que me abrió el mundo”.

Hoy no para de crear. Trabaja en nuevos proyectos musicales preparando futuras presentaciones en vivo para lanzar nuevos contenidos: “La inspiración proviene de la pasión por las melodías y la superación de desafíos. Mi hipoacusia me enseñó a apreciar la música de manera única y a encontrar formas innovadoras de expresarme como lo logré percibir cuando era un niño y lo siento ahora”.