Mañana, Rodrigo Troncoso cumplirá 24 años. Lo festejará en la casa de sus padres, junto a su familia y su hija Nina, de dos años y medio. Será un cumpleaños distinto, el primero después de la represión en el Congreso en la que perdió su ojo izquierdo.
“Una locura”, Rodrigo repite la frase muchas veces a lo largo de la entrevista. Lo hace para recordar el 12 de marzo, cuando fue herido por agentes de las fuerzas federales, y la vuelve usar varias veces más cuando habla de la situación de los jubilados y jubiladas. Hasta ese día, Rodrigo era empleado en una farmacia en Avellaneda y veía cómo muchos de ellos se iban sin medicamentos porque no les alcanzaba el dinero para comprarlos, producto de los recortes del gobierno de Javier Milei en el PAMI. Incluso, a veces, cuenta que la dureza de la realidad lo afectó tanto que decidió poner plata de su bolsillo para que algún jubilado complete el monto. “Cada vez más seguido, veía que se iban directamente sin remedios, algunos se iban llorando”, cuenta. Esa fue la chispa que lo motivó a ir por primera vez en su vida a una manifestación. A los 23 años, usó su día de franco para ir hasta el centro porteño junto a su papá, su hermano y su amigo Daniel.
“Me movió el desprecio hacia los jubilados. Mucha gente dice que esto viene pasando hace años. No, no, a ver, lo que viví de cerca antes de quedarme sin trabajo en la farmacia era una locura”. Eso, más la situación de su abuela Irma, a la que también la familia ayuda para que llegue a fin de mes, lo impulsaron ese miércoles a ir la plaza con la camiseta de Arsenal, porque ese día también se sumaron los hinchas de fútbol.
“Veía gente mayor, que apenas se podía mover, que necesitaba un medicamento y se iba llorando. Y a esa edad uno quiere estar tranquilo. Me pareció una locura, por eso fui a la marcha”, recuerda. Su voz templada matiza el relato de lo que vino después: la cacería, el disparo en el ojo izquierdo, la sangre brotando sin parar, los dos hinchas desconocidos de Independiente y Chacarita –a los que todavía quiere identificar para agradecerles– que lo sacaron de la escena entre disparos y lo llevaron al Instituto Patria, desde donde una ambulancia lo llevó al Hospital Santa Lucía después de ser rechazado en cuatro clínicas.
“Había un tumulto de gente y yo decidí estar atrás por cuestiones de seguridad, nunca había vivido algo así. Después veo que la gente de adelante mío se abre, se forma un pasillo, y yo quedo en el medio. De repente, el efectivo me miró, fueron dos segundos, que ni siquiera me dio tiempo a reaccionar, y ni lo dudó, me tiró directamente. Ahí fue cuando quedé sin visión, quedé aturdido, me di vuelta, escuchaba las detonaciones todavía. Fue una locura lo que pasó ese día, una pesadilla”, recuerda.
Pasadas las 16.30 de ese miércoles 12 de marzo, Rodrigo fue herido en su ojo izquierdo por una bala de goma de un efectivo de alguna de las fuerzas federales comandadas por Patricia Bullrich en la Avenida Rivadavia, cerca de la intersección con Rodríguez Peña. Hizo una denuncia penal contra el oficial que le disparó, contra Patricia Bullrich y contra el responsable del operativo por “delitos graves” agravados por abuso de la función pública. Es por eso que el Mapa de la Policía –que fue clave para identificar a los efectivos que hirieron a Pablo Grillo, entre otros– pide registros de aquél día, alguien que aporte material de lo sucedido entre las 16 y las 18 horas, y que sean enviados a [email protected].
Ese 12 de marzo también es el día en que fue reprimido salvajemente el fotógrafo Pablo Grillo, que ya va por la octava operación, y el hincha de Chacarita Jonathan Navarro, que tambien perdió un ojo por un disparo. Rodrigo tardó meses en denunciar lo que le había pasado, pero conoció el caso de Jonathan y decidió impulsar la demanda judicial y pidió que la causa sea conexa con otra en la que también se investigan lesiones oculares en la represión. Esta coincidencia demuestra que los disparos fueron direccionados a zonas vitales del cuerpo con total certeza de lo que las fuerzas de seguridad hicieron: apuntaron a la cabeza, al torso o a la espalda, algo que prohíben los manuales de uso de las armas llamadas “menos letales”, porque pueden causar heridas graves o, hasta incluso, la muerte.
Tras el disparo, Rodrigo estuvo un mes de reposo en la cama. Durante ese tiempo no trabajó, no fue a sus clases de boxeo y tampoco vio a su hija Nina. “Yo no quería que me viera así, me ponía mal”, recuerda. Y durante más de 30 días siguió ahí, en la habitación de la casa de sus padres, esperando que pase el tiempo y los controles médicos. “Fue un poco por lo psicológico. No la podía ver porque estaba tirado en cama. En ese momento, si la veía me ponía mal. Me visitaron con su mamá, pero trataba de ponerme lentes, lo que sea, para que ella no me vea así”, relata. En el Centro de Ojos Sur, de Avellaneda, le indicaron una cirugía urgente que no pudo costear: tres sesiones de 2 mil dólares cada una.
Tampoco le resultó fácil volver al trabajo, de hecho, tuvo que dejarlo. “No podía hacer fuerza para agarrar una caja”, dice. Volvió a la farmacia y al pasar una semana los dolores de cabeza se hicieron cada vez más insoportables, entonces el médico le explicó que sufría presión intracraneal y que, si no se cuidaba, le podía provocar un ACV. “Podía ser bastante peligroso y no podía cumplir con los deberes de la farmacia, no podía hacer la fuerza que se necesita para llevar las cajas de los medicamentos. Decidimos de ambas partes que deje el trabajo y así, podía enfocarme en recuperar mi vista. Fue una locura todo lo que pasó ese día”, agrega.
Ahora Rodrigo trabaja en un almacén de barrio y espera poder operarse para tratar de recuperar la visión. “Si bien estoy en un trabajo lindo, no pierdo la fe de volver a hacer un trabajo que me gusta”, dice antes de recordar que estaba por iniciar los estudios en Farmacia.
El año del salto al profesionalismo
“El 2024 era el mejor año que me tocó y el 2025 iba a ser el año de mi salto al profesionalismo”, Rodrigo suelta la frase con un tono firme, pero opaco, con una añoranza que lo ensombrece. Es boxeador, práctica ese deporte desde los 10 y el año pasado había ganado tres torneos amateurs. “Tuve entre 8 y 9 peleas y las gané todas, con mi profesor nos sentíamos seguros, estábamos bien para ser profesionales en el 2025. Pero eso se cortó en 2 segundos. Hacer deporte toda mi vida y que, de repente, un médico me diga que no podía ni siquiera moverme, me volvió loco”, relata.
“Nunca perdí la fe en ir a los Juegos Olímpicos y tampoco la pierdo ahora”, dice Rodrigo y el sueño ilumina su relato: “siempre quise estar en la selección argentina de boxeo, poder representar al país. Sé que es algo complicado, pero no pierdo la fe. Gracias a Dios, cada día estoy un poquito mejor y veo algunos colores. Solo quiero operarme el ojo y estar de vuelta a disposición y darle a fondo”.
El viernes, el Comité contra la Tortura de Naciones Unidas emitió un duro informe sobre Argentina por violaciones a los derechos humanos. Entre varios puntos, alertó sobre el uso arbitrario de armas menos letales en las movilizaciones sociales. También resaltó la “grave afectación a los derechos fundamentales de personas que participan en marchas” y requirió precisiones acerca de cuáles son los criterios que el Estado argentino adopta para aplicar el “protocolo antipiquetes” en manifestaciones sociales.
Mientras que el gobierno de Javier Milei sigue desplegando un operativo policial desmedido ante la protesta de los jubilados –que incluye a las cuatro fuerzas federales y a la policía porteña de Jorge Macri- Rodrigo busca justicia. Quiere saber quién le disparó: “no es un agente de las fuerzas de seguridad, es un asesino”, dice. Y también quiere que los responsables políticos, como la exministra de Seguridad Patricia Bullrich, se hagan cargo de las consecuencias en el cambio radical de su vida.
“Nunca antes me metí en nada”, dice Rodrigo y vuelve a recordar esa primera vez, la del perdigón en el ojo: “Hasta ese momento, no me interesaba la política, pero fui porque vi de cerca lo que pasaba. Hay gente que dice que los que van a la marcha es porque les dan plata. Son los que no conocen lo que es tener empatía”.







