Ivanna de pequeña con su padre, Oscar, y su madre, Rita

—No fue un accidente ni una tragedia, fue un asesinato masivo.

Ivanna no duda. Cuarto siglo después, la falta de justicia le resulta aborrecible.

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El 31 de agosto de 1999 la familia Ramonino —madre, hija, hijo: Rita, Ivanna, Diego— hacían lo que buena parte de los argentinos y argentinas hacían cerca de las nueve de la noche: preparaban la cena, acomodaban la mesa. Esperaban a Oscar —marido, padre— para comer en su casa de Ramos Mejía, La Matanza. De fondo, como sucedía en los 90 y en muchas casas aún sucede, la TV repasaba las noticias más destacables del día y de los que vendrían.

De pronto, algo en el sonido ambiente cambió. La cadencia cotidiana que salía del electrodoméstico ícono de la vida familiar se alteró: las voces de los conductores de noticieros y presentadores se puso grave y comenzaron a aparecer las placas rojas a pantalla completa, los grafs con letras contduntendes: “Urgente”, “Último momento”. “Tragedia en Aeroparque”. El pulso de la vida diaria era embestido por un avión. El Boeing 737-204C, que llevaría adelante el vuelo 3142, de Líneas Aéreas Privadas Argentinas (LAPA), acababa de estrellarse cuando intentaba despegar del aeropuerto Jorge Newbery rumbo a la ciudad de Córdoba inscribiendo un récord desolador: la peor catástrofe en la historia de la aviación argentina.

Había víctimas fatales. Había heridos. Había desesperación.

En la TV todo era fuego, humo, sirenas. Los bomberos intentando extinguir el infierno.

Un instante antes de fijar los ojos en la pantalla, esa pantalla casi indisociable de las escenas familiares que estaba a punto de desmoronar la suya, a Ivanna la recorrió un escalofrío. Como un presagio venido de algún lugar, un pensamiento se le metió dentro y estalló dentro de ella: su papá estaba extrañamente demorado para cenar. Temió que algo le hubiera pasado.

Su hermano, su madre, también empezaban a inquietarse.

La TV seguía mostrando sin respiro, una tras otra, una sobre otra, las imágenes trágicas. Y alrededor de la mesa de los Ramonino la tensión, alimentada por las noticias, comenzaba a crecer como un monstruo feroz.

Hasta que lo más temido, ocurrió. Una de las cámaras que estaba cubriendo el hecho en vivo enfocó el esqueleto de un auto partido. Era blanco, era demasiado parecido al Chrysler Neón de la familia. Cuando mostró la patente, en la casa de los Ramonino se abrió la tierra. Ellos cayeron dentro.

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Los restos del avión de LAPA consumido por el fuego

—Fue una desesperación total esa noche porque nadie sabía nada. Yo creo que pasé junto a mi familia más de 24 horas rondando hospitales y morgues para ver si estaba vivo, si no, dónde, qué había pasado.

Ivanna se disculpa. No quiere volver a pasar por ahí. Pero cuando llega agosto todo se tiñe de dolor. Cuando empieza a compartir cómo logró rearmarse después, esa noche vuelve a ella. Lo que vio, lo que escuchó y debió atravesar solo está agazapado, permitiéndole continuar su vida. Pero cada agosto, si ella le da margen, aunque sea una pizca, si se asoma a 1999, se abre paso del fondo a la superficie.

Cuando el avión de LAPA, dispuesto a despegar, había alcanzado la velocidad necesaria para levantar vuelo, comenzó a sonar una alarma que el piloto, Gustavo Weigel, decidió ignorar: indicaba que los flaps —esas superficies móviles situadas en el borde de salida de las alas— estaban retraídos. Eso impidió que el Boeing se elevara. No voló. Mas dada la velocidad que habían alcanzado, frenar era imposible. La nave carreteó por la pista y siguió su recorrido fuera de ella, a una velocidad solo apta para el cielo, inusitada para la tierra, arrasando todo a su paso. Atravesó las vallas del perímetro del aeropuerto; se llevó puestas máquinas viales, una casilla de gas; cruzó la avenida Costanera y arrastró, en su trayecto imparable, a un automóvil que circulaba por ahí. Un Chrysler Neón blanco.

El recorrido del avión fue brutalmente detenido al chocar contra un montículo de arena de un campo de golf cercano. El Boeing se prendió fuego. Los heridos de gravedad sumaban más de 30. Los muertos, 65, incluidas las dos personas que estaban dentro del auto arrollado. En ese momento nadie lo sabía.

Al volante iba Oscar Ramonino y a su lado Andrea Grilli. Eran compañeros de trabajo y Oscar iba a acercarla a su casa antes de reunirse con su familia para cenar. Ellos serían, según los jueces, las primeras víctimas de esa noche aciaga. Una noche que pasaría a la historia como “la tragedia de Lapa”. Aunque Ivanna asegura que fue más que eso.

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Los bomberos combatiendo el fuego que envolvió al avión de LAPA después de estrellarse y lo corroyó por completo

En su casa, al ver la patente del auto en la pantalla, Ivanna se desvaneció. Cuando recuperó la conciencia, con el pánico hecho carne pero albergando la esperanza que trae la falta de certeza, salió con su hermano y su madre a buscar a su padre. Nadie sabía nada sobre el destino del conductor del auto que había arrasado a su paso el Boeing.

La respuesta más atroz, la que deseaban que no llegara nunca, la conocieron 24 horas después, en el lugar de los hechos. Un funcionario se los confirmó. Una médica que trabajaba en el lugar quiso contenerla: “Fue en un segundo, (tu papá) ni se debe haber dado cuenta. Quedate tranquila”, le contó en 2019 Ivanna al diario cordobés La Voz del Interior.

El mundo se desmoronó. “Fue un shock, todo parecía irreal” —dijo al cumplirse 20 años de aquella noche a La Voz—. “La muerte de mi papá fue devastadora. Nos mató, nos devastó como familia. ¿Quién se puede imaginar una cosa así?”.

Después hubo que juntar los pedazos. Pedazos que se multiplicarían con el proceso judicial.

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El Tribunal Oral Federal N° 4, en un fallo que generó incidentes en la sala, sobreseyó a los exdirectivos de Lapa y a dos exintegrantes de la Fuerza Aérea. Entre los miembros de la compañía librados de culpa y cargo estaban el expresidente de la empresa, Gustavo Deutsch (foto) y el ex vice, Ronaldo Boyd, junto al ex gerente de operaciones, Fabián Chionetti y a la ex jefa de personal, Nora Arzeno. (NA: Mariano Sanchez)

No fue un accidente ni una tragedia, fue un asesinato masivo. Aunque suene fuerte decirlo así. Esa fue la realidad por más que la Justicia haya decidido mirar para otro lado —afirma Ivanna ahora, en diálogo con Infobae—. Lo que quiero destacar, sobre todo, es eso, la falta de justicia. Que no es poca cosa. Al juicio lo demoraron todo lo que pudieron, fue un plan para que la causa prescribiera y solamente hubo una condena que fue una cargada, de tres años en suspenso. Ni siquiera a los directivos de la empresa, a los responsables reales, los dueños y toda la gente que sabía que esto iba a suceder. Porque, como te digo, no fue un accidente, un hecho en el uno dice: “Uh, qué habrá pasado”. Fue una sucesión y un encadenamiento de cosas: de falta de inversión, pero, sobre todo, de responsabilidad, de falta de consideración por la vida humana, básicamente.

La Junta de Investigaciones de Accidentes de Aviación Civil (JIAAC) no dejó mucho lugar a dudas: determinó que se había tratado de un error de los pilotos al olvidar configurar el avión correctamente para el despegue. Pero la investigación judicial abierta se concentró en probar que la organización de la empresa y la falta de controles por parte de las autoridades de la Fuerza Aérea fueron factores clave en el desenlace trágico, ya que eso permitió —entre otras cosas— que el piloto volara con su licencia vencida. Por estos motivos fueron imputados algunos de los máximos directivos de LAPA y funcionarios de la Fuerza Aérea, y la causa se elevó a juicio oral.

La Justicia porteña fue la que se hizo cargo del caso. Aquel día desgraciado tomaron el expediente Gustavo Literas —quien era entonces juez federal— y Carlos Rívolo —el fiscal—. El juicio comenzó seis años después, en 2005. En el banquillo de los acusados había nueve: seis eran directivos de la empresa —acusados por el delito de “estrago culposo”—, entre los que se encontraba el dueño de la compañía, el empresario Andrés “Andy” Deutsch; y tres, miembros de la Fuerza Aérea —acusados por el delito de “incumplimiento de los deberes de funcionario público”.

Si bien la Justicia investigó coyunturalmente el hecho, y no solo lo relativo a la falla dentro del avión, en 2010, los jueces Leopoldo Bruglia, María Cristina San Martino y Jorge Luciano Gorini absolvieron a casi todos los acusados, inclusive a Deutsch. Los únicos condenados fueron el exgerente de operaciones de LAPA, Valerio Francisco Diehl, y el exjefe de la línea de boeing 737-200 —la del avión que se estrelló—, Gabriel María Borsani. Les asignaron una pena de tres años de prisión por considerarlos responsables del delito de “estrago culposo agravado” dado que “elevaron el riesgo permitido, al haber decidido ascender, el 9 de diciembre de 1998, al piloto Weigel en el puesto de Comandante de avión B 737-200, desatendiendo las características de vuelo negativas que se presentaban en forma recurrente a lo largo de su carrera profesional, evidenciadas en su legajo técnico, las cuales se vieron reflejadas el día del accidente”, pero la pusieron “en suspenso”.

La cárcel, para ellos, fue simbólica. Un como sí. Como si fueran niños que deben fingir que aprendieron la lección para que los dejen volver a jugar. Para el resto de imputados ni siquiera eso. Para los familiares y seres queridos, el juicio, una farsa. Un nuevo drama.

Sentencia de absolución de Fabián Mario Chionetti, ex gerente de operaciones de LAPA

En 2011 se confirmaron condenas y absoluciones, pese a que el juez Gustavo Hornos no estuvo de acuerdo y pidió elevar la pena de los condenados y la reclusión para quienes presidían la compañía —Deutsch y Ronaldo Boyd, su vicepresidente.

En septiembre de 2012 la Corte Suprema dejó firme la resolución. Dos años después, los directivos de LAPA que habían sido absueltos fueron sobreseídos: la Sala IV de la Cámara Federal de Casación Penal dijo: prescribió. El mismo año, a dos días del decimoquinto aniversario del hecho funesto, la Corte Suprema avaló lo que había establecido la misma sala de Casación para Deutsch y Ronaldo Boyd, para quienes también dijo: prescribió. Las condenas de Diehl y Borsani, los únicos castigados por el hecho, fueron confirmadas, pero ellos tampoco vieron la cárcel de cerca por la brevedad de la pena y la falta de antecedentes.

—Estos empresarios, que no fueron los únicos culpables porque también estuvo la gente que tendría que haber controlado el funcionamiento de esa empresa —porque son aviones, no está manejando una bicicleta—, dentro de ellos la Fuerza Aérea Argentina, lo único que pretendían era llenarse los bolsillos de plata. No les importaba si viajaban bien, mal, si el avión estaba en condiciones o no. En este fervor de tener cada vez más plata denigraban la la vida humana. Y eso me parece lo más terrible y lo más doloroso que una persona puede sentir. Lo más terrible y lo más doloroso —repite Ivanna, como si tratara de entender

algo inexplicable, como si con el énfasis llegara alguna respuesta, 26 años después.

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Tapa de la segunda edición de un libro publicado en el año 2000 que narra las historias de los que murieron y recaba testimonios de algunos de los sobrevivientes. (Candela Teicheira)

—Siempre agosto me costó bastante desde aquel momento. En estos días me cuesta todavía más. Entonces, hasta la palabra sanación me resulta extraña en este marco.

Ivanna vive en la ciudad de Lobos, donde tiene un estudio de “yoga y trabajo corporal”. Después de aquella noche en la que se rompieron, la familia Ramonino buscó, lentamente, rearmarse. Dejaron la casa en la que vivían y comenzaron a probar caminos diferentes. Siempre en contacto. Siempre unidos.

—Si hablamos de sanación, yo en ese momento tenía 19 años y acá estoy, viva. Construí una vida. Pude formar una familia, tengo una hija preciosa, construí mi carrera en todos estos años, como pude, porque tampoco fue fácil. Atravesé muchos desórdenes de salud, en todo sentido, a nivel físico y psíquico también. Esto deja muchas secuelas, muchas y muy profundas. Hoy doy clases de yoga, me dedico al cuerpo. Soy bailarina. Y ese fue mi camino como para empezar a construirme otra vez. Sigo sanando desde un lugar que me permita vivir.

Ivanna logró continuar, “al principio muy a los tumbos, muy desorientada, muy perdida. Con la ayuda de seres muy queridos, muy amados”. Pero le costó.

—Paradójicamente, en el momento en que tenía que despegar en mi vida, a los 19 años, pasó esto que me destruyó por completo. Y tardé mucho tiempo en empezar a ponerme de pie, en tratar de empezar a ponerme de pie.

Ivanna y su padre, Oscar

Ella pensaba hablar de su proceso de sanación, de los caminos y herramientas de las que se valió para hacer cuerpo aquella noche, asumirla y salir a vivir con eso a cuestas. Pero al comenzar, pisando un nuevo aniversario, se llena de una cólera compartida por todas las personas a quienes un hecho trágico personal les fue duplicado con la impunidad auspiciada por la (in)Justicia. Entonces cuenta que sí, se sobrepuso; que sí, siguió adelante, pero ante la falta de una condena adecuada para los responsables la palabra sanación queda grande, flota como un globo de elio en el éter. Inalcanzable.

—¿Cómo se hace? No hay posibilidad de sanar cuando te preguntás: “Bueno, ¿pero entonces a nadie le importa?”. Ellos sabían que era posible que sucediera esto, que un avión se estrellara, y no le dieron ningún valor a la vida de los seres humanos. Tampoco la gente que los tenía que controlar, tampoco la Justicia, que fue partícipe de este acto. Entonces, hay cosas que no se pueden perdonar y hay que nombrarlas. En estos días lo que más me resuena es la injusticia. La injusticia da mucha bronca, mucha impotencia, estado de ira. Es lo que más me duele. No se puede sanar una cosa así.

Ivanna dice que hay detalles que no quiere recordar. Que no se trata solo del duelo personal por su padre si no por la impunidad y por una avalancha de “cosas espantosas de ver, horribles de escuchar, actitudes humanas que fueron totalmente desagradables”. Aunque también destaca a quienes sí se presentaron a ayudar, que fueron muchos, “incluso desconocidos que aparecieron en ese momento en el lugar del accidente o que iban a los hospitales a colaborar con todos los familiares”.

—No es un duelo solo de la muerte de un ser amado, que es terrible también. En este caso uno tiene que aprender a procesar o aprender a convivir con esto. Y con lo que se perpetúa, porque las cosas no cambian, se han repetido tragedias con el mismo sistema de corrupción, de ocultamiento, de que la Justicia no se puede meter con los poderosos, del Estado que estuvo totalmente ausente. Nada cambia. Y eso es lo doloroso. No es una cuestión política ni partidaria porque esto ha pasado en todo tipo de gobierno.

Descarga Ivanna.

—El dolor no es solo personal, el dolor que yo siento es por todas las personas que pasaron y que pasan por esto. Quiero recordar y honrar a las 65 personas que mataron y a todos los sobrevivientes, que sufrieron muchísimo, a todos los familiares. Conozco el dolor profundo que pasaron y pasan. Y todo por qué. Por la gente que quiso más poder, por la gente que quiso más dinero y ¿qué hacen con eso? Me parece tan absurdo tener ese tipo de vida, de pensamiento, ¿no? Donde se pisotea al otro. La verdad que no lo entiendo, nunca lo voy a entender y tampoco lo quiero entender.