El Bar Helvética abrió sus puertas en 1860, en la esquina sudoeste de Corrientes y San Martín

Hoy estreno formato: contar un café que ya no funciona y que cerró hace muchos años. El relato es una suerte de spin off —como se dice en la actualidad— de una mención que, al pasar, escribí en la última reseña del Bar Guanabara. Me refiero a la anécdota ocurrida durante el derrocamiento del segundo gobierno democrático del presidente Juan Domingo Perón. Por entonces, Hipólito Gasamanes —dueño del Guanabara— era un muchacho que trabajaba en el Bar 9 de Julio. En esos revoltosos días, el patrón del bar, para resguardar la integridad de los empleados, no tuvo mejor idea que trasladarlos hasta su casa en Corrientes y San Martín. En ese cruce de calles, tanques del Ejército dispararon 24 cañonazos al Bar Helvética. Vengo a completar la historia.

Una década después del final de la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, cuando los bombardeos de aviones militares sobre las grandes capitales europeas eran testimonios publicados en los libros de historia, Buenos Aires tuvo su bautismo de fuego. Salvaje, desproporcionado y sangriento, como son nuestros desencuentros. El dramático episodio aún hoy nos interpela.

En junio de 1955 aviones de la Marina descargaron toneladas de furia en modo bombas sobre la Casa Rosada y la Plaza de Mayo con la intención de matar al presidente. El objetivo no fue alcanzado, pero dejaron más de un millar de muertos y heridos entre los inocentes que transitaban por ahí. Y como en todo episodio de nuestra historia, siempre existe un café que acompaña los hechos.

Unas semanas más tarde del bombardeo, en septiembre —en pocos días se cumplen 70 años del episodio—, las Fuerzas Armadas le pusieron fin al gobierno constitucional. En esa jornada destituyente el Regimiento Motorizado Buenos Aires recibió desde la plana mayor del Ejército la orden de trasladarse hasta Corrientes 502 para cañonear la esquina donde funcionaba un bar casi centenario: la Helvética.

En septiembre de 1955, poco después del bombardeo a Plaza de Mayo, tanques del Ejército dispararon 24 cañonazos al Bar Helvética

¿Por qué ese bar? ¿Qué cosas habían ocurrido en su interior? El Bar Helvética abrió en 1860, en la esquina sudoeste de Corrientes —cuando era angosta— y San Martín. A poco de abrir, un ilustre vecino de la cuadra, domiciliado en San Martín 336, Bartolomé Mitre, fue electo presidente de la república. Al finalizar su mandato, en 1870, cuando Mitre pasó al llano, creó el diario La Nación, que comenzó a funcionar en su casa hasta la inauguración de un edificio propio también en la calle San Martín pero en 350. Por lo que la Helvética, de inmediato, se convirtió en un café de redacción. Las mejores plumas de la prensa y la literatura se sentaron a sus mesas de madera. Los cierres de notas y los titulares se definían en el salón. Los periodistas extranjeros acreditados en el país lo frecuentaban sabiendo que las noticias se conocían en la Helvética antes que en la Rosada.

Imagínense por un momento un café nocturno, que hace esquina de calles estrechas como era el trazado original de Juan de Garay, atiborrado de figuras humanas esfumadas por el humo de cigarrillos y charutos, entre charlas animadas, disquisiciones filosóficas, correveidiles que entraban y salían, más el frío húmedo que subía desde la orilla cercana del río antes de que se construyera el puerto. Sumemos a la puesta en escena el sonido típico de lozas y copas. Y todo esto ocurría en un mundo sin televisión ni radio. Cuando la gente se informaba leyendo diarios en papel. Con este ejercicio de imaginación intento que se contextualice el valor simbólico de la Helvética. Dentro de la tipología de cafés próximos a redacciones de diarios, el Bar Helvética supo reunir a lo más granado de las letras rioplatenses. Entre sus parroquianos se contaban Roberto Payró, José Ingenieros, Rubén Darío, Joaquín de Vedia, Charles de Soussens y, al tiempo, Jorge Luis Borges junto a Ernesto Sábato. Para Bartolomé Mitre, la Helvética fue la extensión de su despacho. Se la conocía como la “trinchera intelectual” o el “refugio hogareño de los periodistas de La Nación.

¿Acaso los cañonazos fueron a callar a los periodistas del diario? Claro que no. Las razones fueron otras y fortuitas, pero antes completo la descripción del territorio en cuestión.

Cuando Bartolomé Mitre, vecino de la Helvética, finalizó su mandato como presidente, el café se convirtió de inmediato en una extensión de su despacho

Iniciado el siglo XX, en la década del ‘30, se puso en marcha el ensanche de Corrientes. El proyecto circulaba por la ciudad desde los tiempos de Rivadavia. Pero no fue sino hasta la intendencia de Joaquín de Anchorena (1910-1914) que se retomó dentro de las obras que se realizaron con motivo de los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo. A pesar de ese impulso, la obra no prosperó. Recién a fines de la década del ‘20, se tomó el préstamo que permitió iniciar las expropiaciones necesarias. El plan urbano incluía la conversión de Corrientes en una ancha avenida que serviría de bandera para una ciudad que se pensaba una metrópoli moderna; la apertura de las diagonales Norte y Sur; el inicio de las obras de la Avenida 9 de Julio; y, como remate, la construcción de un monumento que recordara el IV Centenario de la Primera Fundación de Buenos Aires: el Obelisco.

Los trabajos realizados en Corrientes no afectaron el desenvolvimiento comercial del bar. Las demoliciones ocurrieron en las veredas del lado norte. Sí se rompió la sensación de intimidad que existía entre ambas aceras.

Hacia 1940 se construyó en la vereda de enfrente de la Helvética el Edificio Transradio, ese cuya entrada está coronada por un gran reloj dorado con los signos del zodíaco. El Transradio fue proyectado por Alejandro Christophersen, el famoso arquitecto de nacionalidad noruega con más de veinte obras en la capital, entre otras: el Palacio Anchorena, actual sede de la Cancillería argentina. Había que ser un respetado y prestigioso profesional para ser contratado por Mercedes Castellanos de Anchorena. Christophersen también diseñó la fachada del Gran Café Tortoni, que da hacia la Avenida de Mayo, cuya inauguración, 26 de octubre de 1894, fue tomada por la legislatura porteña en el 2000 para designar el Día de los Cafés de Buenos Aires.

El 18 de septiembre de 1955, cuando el golpe de Estado era un hecho, el Ejército envió tanques a la esquina donde funcionaba la Helvética y ordenó su desalojo

¿Y cómo fue que la Helvética terminó entre escombros provocados por cañonazos destituyentes? Retomo la anécdota.

A fines de la década del ‘40 se instaló sobre San Martín, en el edificio lindero al bar, la Alianza Libertadora Nacionalista. La ALN era un grupo de derecha, antiimperialista, antiliberal, que abrazó la causa peronista en repudio a la oligarquía conservadora. El 18 de septiembre de 1955, cuando la Revolución Libertadora concretó el golpe de Estado, se corrió el rumor de que funcionarios del gobierno depuesto, en su huída, habían adoptado la sede de la Alianza como búnker y se conectaban a través de la planta alta con la Helvética. El Ejército envió tanques a la esquina de Corrientes y San Martín e intimó al desalojo del bar. Como no hubo respuesta, esa misma noche dispararon 24 proyectiles. Es probable que de haberse mantenido la Corrientes angosta, el Bar Helvética se hubiese salvado del ataque por el escaso margen de maniobra que hubiesen tenido los tanques. El resultado final fue la semidestrucción del edificio. Todos los objetos históricos que pudieron ser rescatados se pusieron a la venta: el mobiliario, la vajilla y las bebidas alcohólicas importadas. Así se perdió el rastro de dónde fueron a parar mesas, sillas y copas donde se sentaron y bebieron grandes escritores, poetas y periodistas.

El bar tuvo su resurrección. Fue en 1967, en la misma esquina, cuando en su lugar se levantó una moderna construcción de varios pisos. Esa parte de Corrientes jamás volvió a ser la misma. El ensanche y la “limpieza” iniciada por la “Libertadora” la cambiaron para siempre. Las nuevas construcciones fueron concebidas para ser sedes y oficinas de grandes empresas corporativas y entidades bancarias. La bohemia e intelectualidad de Corrientes se mudó hacia el otro lado del Obelisco. El nuevo Bar Helvética reabrió en el sótano del edificio. Funcionó bastante menos que el original. Sólo un par de décadas.

En 1975 la Helvética, un bar que había funcionado por más de 100 años y soportado todo tipo de tormentas, cerró para siempre. Un cielo oscuro en el horizonte anunciaba una tempestad de una intensidad inusual. El fenómeno nunca antes experimentado no solo cayó sobre la esquina de Corrientes y San Martín, lo hizo en todo el país.

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