“Lo peor que le puede pasar al ser humano es sentirse solo”, reflexiona Gabriela, quien pasó parte de su adolescencia convencida de que nunca tendría una familia propia. Había escuchado muchas veces que “nadie quiere adoptar chicos grandes” y eso la hacía pensar que su destino estaba sellado. “Me decían que no me hiciera ilusiones, que nadie me iba a elegir”, admitió.

Sin embargo, su vida cambió radicalmente a los 15 años, cuando conoció a Melisa Maldonado y Nicolás Dalmasso, un matrimonio oriundo de Córdoba Capital que decidió abrirle las puertas de su casa y de su corazón.

Hoy, con 17 años, Gaby es una de las protagonistas de la campaña “Adopciones +12”, impulsada por el Poder Judicial de Córdoba, que busca visibilizar las necesidades que atraviesan los jóvenes que todavía viven en hogares o casas de acogida.

Actualmente, hay 34 chicos en esta situación, once de los cuales pueden ser adoptados por personas de cualquier lugar del país. “Son chicos que fueron muy lastimados y que no conocen el amor de una familia y tampoco saben cómo relacionarse con los demás. Por eso te necesitan”, remarca Gaby en un video institucional donde busca generar conciencia en los futuros adoptantes para que estos jóvenes puedan tener la misma oportunidad que tuvo ella.

Ellos necesitan que los escuchen y que los elijan porque desde que fueron abandonados, nadie los eligió”, enfatizó quien desde hace dos años fue “elegida” para empezar una nueva vida.

Gaby junto a sus padres adoptivos, Nicolás y Melisa

La historia de Gaby

Cuando la adolescente fue separada de su familia biológica, a los 13 años, fue llevada junto a sus cuatro hermanos a la Fundación Sierra Dorada, situada en la localidad cordobesa de Cruz del Eje. Les habían dicho que sería solo por tres meses, pero luego la estadía se convirtió en dos años.

Mientras algunos de ellos transitaban por distintos hogares o estaban en guarda con familias, ella vivía en una familia de acogida provisoria, sin una certeza sobre su futuro. Hasta que apareció la oportunidad de ser parte de una historia distinta.

Gaby junto a sus tres hermanas: Catalina (12), Nina (8) e Isabella (12), que además es su hermana biológica y también fue adoptada por la misma familia

Todo comenzó cuando Melisa y Nicolás conocieron a Isabella, la hermana menor de Gaby, a quien adoptaron primero. Isabela tenía nueve años y fue quien, indirectamente, abrió la puerta para que la familia se agrandara.

“El vínculo con Gaby se dio casi de manera inesperada. Tras la pandemia, el hogar donde estaban los hermanos organizó un encuentro para que pudieran verse. Así fue como los cinco hermanos pasaron un fin de semana en casa. Ese día conocimos a Gabi y nos impactó cómo era ella”, recordó Nicolás en diálogo con Infobae.

Desde entonces comenzaron a invitarla cada 15 días, en un proceso de adaptación que terminó con la decisión de adoptarla. “Sentimos, literalmente, que Dios nos había desafiado. Entendimos que también podíamos ayudarla a ella, y que sería muy bueno para Isabella tener a alguien de su propia sangre en la familia”, relató Nicolás, quien junto a su mujer y sus hijas participa activamente en una iglesia cristiana.

Familia completa: ellos son los Dalmasso-Maldonado

El proceso no fue inmediato. Los padres sabían que, por la historia de vida de Gaby, necesitaban tiempo y paciencia. Primero la invitaron a pasar algunos fines de semana, luego a compartir momentos en la casa. Cada encuentro iba construyendo confianza.

“Una de las charlas más importantes fue explicarle que nosotros queríamos que viniera en calidad de hija, no de mamá. Porque al ser la hermana mayor, la vida la había puesto en el rol de madre de sus hermanos. Y eso para ella fue muy importante”, recordó Nicolás.

Con esa certeza, la adolescente pudo aflojar la coraza que había construido y aceptar que todavía tenía la posibilidad de formar parte de una familia. “Recuperó la esperanza”, agregó.

Gaby ya lleva dos años con su nueva familia, que le cambió la vida por completo

La llegada de Gaby no solo implicaba un cambio para ella, también para las hijas biológicas de la pareja, Catalina y Nina (hoy tienen 12 y 8 años, respectivamente), que debían aceptar a dos nuevas hermanas en el hogar.

“Cuando les contamos, les dijimos: ‘Si ustedes no quieren, lo dicen’. No queríamos imponerles hermanas. Fue una decisión tomada en familia. Y ellas también decidieron abrazarlas. Hoy estamos agradecidos, porque entre todas construyeron un vínculo hermoso, con peleas y roces como en cualquier familia, pero con una decisión fuerte de estar juntas”, explicó Melisa.

Ese pacto de permanecer unidos, a pesar de las dificultades, fue lo que les dio solidez. “Hagan lo que hagan, digan lo que digan, nosotros vamos a seguir firmes en esta decisión. Ese ‘sí’ que dimos es lo que nos sostuvo siempre”, remarcó Nicolás.

Gaby, “la elegida”

La primera noche de Gaby en la casa de sus padres adoptivos quedó grabado en su memoria. “Me acuerdo de que mi mamá estaba haciendo waffles. Fue la primera vez que los probé y después se volvió una costumbre”, relató entre risas.

Pero hubo un instante que marcó un antes y un después: el abrazo con su papá. “Él estaba en el sillón viendo una película y me dijo: ‘Vení Gaby’. Me senté a su lado, me abrazó y me dijo: ‘¿Querés mirar una peli?’. Fue la primera vez que sentí un abrazo paterno. Fue como… ¡Guau! Esto es lo que es tener un papá. Me gustó eso. Desde ahí, mirar películas juntos se volvió nuestro lenguaje de amor”, se enorgulleció.

A dos años de esas primeras experiencias movilizantes, Gaby hoy tiene una vida muy diferente. Tras egresar del secundario, empezó a explorar la música y se muestra como una joven con gran sensibilidad y empatía.

“Ellos me enseñaron a valorar, a ponerme en el lugar del otro. Y también se han vuelto mi ejemplo a seguir

“Ella es muy talentosa. Toca piano, guitarra, ukelele y hasta tomó clases de canto. Ahora quiere probar con la producción musical. Nosotros la potenciamos, porque vemos que disfruta mucho y tiene condiciones”, contó Melisa.

Al mismo tiempo, la adolescente mantiene su rol de hermana mayor, aunque ya no con la carga de sentirse madre de sus hermanos. “Aprendí a no ser mamá, a poder disfrutar de ser hija. Aprendí que el amor es una decisión de todos los días. Y también aprendí a pensar en los otros, a tener empatía y ver qué sienten los demás”, resumió.

Esa empatía es lo que más destacan quienes la conocen. Ella lo reconoce como una herencia de su nueva familia. “Ellos me enseñaron a valorar, a ponerme en el lugar del otro. Y también se han vuelto mi ejemplo a seguir. Muchas veces digo: ‘Quiero ser como mi mamá en esto’, o ‘quiero tener la capacidad de mi papá en aquello’. Estoy muy agradecida de que nos den ese ejemplo todos los días”, contó entre lágrimas.

Gaby toca piano, guitarra, ukelele y hasta tomó clases de canto. Ahora quiere probar con la producción musical

La nueva vida familiar

La dinámica cotidiana no está exenta de desafíos, como en cualquier familia. “Al principio todo es color de rosa, pero después llegan los roces, las discusiones. Lo importante es la decisión de seguir adelante juntos. Eso lo aprendimos y lo practicamos”, señaló Nicolás.

Los momentos compartidos se dan tanto en los juegos en casa como en las salidas con amigos o en la iglesia, donde Gaby encontró una comunidad que la contiene y la impulsa.

A pesar de la adopción, sus padres siempre alentaron a que mantuviera contacto con sus hermanos biológicos. Hoy, la joven se comunica con ellos por WhatsApp y los visita con frecuencia.

“Siempre estuvimos a favor de que no se pierda ese vínculo, porque van a ser sus hermanos toda la vida. Y gracias a Dios todos pudieron encontrar familias, lo que también fue un alivio para ella”, explicó Nicolás.

La historia es, al mismo tiempo, un mensaje poderoso para otras familias que dudan en abrirse a la adopción de adolescentes. “Hoy puedo decir que no hay que perder las esperanzas. No estoy sola. Tengo una familia que me eligió y yo los elijo a ellos todos los días”, concluyó.