La medición de la pobreza es “pésima”, advirtió que el formato en que se lleva adelante el estudio excluye a millones de habitantes y relativizó los datos que dio a conocer el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) este lunes, cuando anunció que la pobreza en el segundo semestre de 2024 fue del 38,1 por ciento, 13 puntos por debajo del primer semestre del año pasado. “En el mismo instante en que ingresen los dólares del FMI, somos más pobres, y no hace falta el INDEC para que lo sepamos”, resaltó el periodista y conductor de la 750 en su editorial.
Alardear con este número de ayer es bajarse a fumar un cigarrillo en una parada del tren. Así de efímero. Según la UCA, Cristina Fernández tenía en 2014 un 28 por ciento de pobreza. Chequeado estima que la inflación de esa época se situó en un promedio del 30 por ciento. El Instituto Scalabrini Ortiz daba un 46 por ciento en 2003 y menos del 15 por ciento en 2014, con más población en el país. En 2013 estaba por debajo de los 13 puntos. Milei llevó la pobreza al 50 y pico en el primer semestre y luego la trae a 38. Macri la aumentó drásticamente en 2016, usando números propios, pero sin poder disimular la caída.
Miremos al mundo. Varios estados de EE. UU. andan por el 28, aunque los hay muy ricos, con bastante menos, y eso mejora el promedio. En Italia, el 30 por ciento de las familias son pobres. Europa tiene un riesgo de pobreza claramente superior al 20 por ciento.
La medición de la pobreza es pésima, y quien supo explicarlo ganó hace poco un premio Nobel: Amartya Sen dice que no se puede trazar una línea de pobreza y aplicarla a rajatabla a todo el mundo. Las condiciones de la cultura, el tipo de herramientas, la calidad de servicios deben pesar tanto o más que la línea de ingresos.
La pobreza está mal medida, pero si los datos de esa equivocada manera de analizarla son irreales, el informe hace agua por todos lados. La inflación, con sus canastas de consumo falsas, cotejada con los ingresos, da una pobreza menor, no pueden dar una verdadera respuesta.
Discutir sobre la pobreza entre el 38 y el 45 por ciento es una desgracia. Tiramos el número y no se ven los seres humanos. Dos puntos más, dos puntos menos, ¿y qué? Dentro del capitalismo se puede ir hacia la utopía y hacer mucho, pero mucho bien, como sucedió hasta 2015; o avanzar hacia la distopía, como estamos haciendo ahora. La consolidación de una pobreza estructural y no transitoria. De esta última se sale y se entra con facilidad. De la verdadera, lleva años, como sucedió entre 2000 y 2015.
El mundo se cubre de la desidia para acorralar a la pobreza, lo cual sería plenamente factible. Fijan en poco más de cinco dólares por día el dinero necesario para no ser pobre. ¿Están locos? Sí, claro, la mitad de la población mundial vive con menos de esa suma. La realidad es que los cálculos en general son “pobres”, sin jugar con la triste palabra. Según la ONU, se debe considerar el ingreso, el acceso a la salud, a los medicamentos, a la seguridad social, vivienda, alimentación y grados de cohesión social.
Agrego, por mi cuenta, el aspecto cultural, la pertenencia, los lazos inmediatos, la ciudad o el campo, las capitales o las pequeñas poblaciones. El riesgo ha aumentado en los últimos años. Los recursos de Europa y EE. UU., que tienen siempre donde robar, contrastan con los países de América Latina, de los que ellos se aprovecharon. Aún lo hacen.
El préstamo del FMI está destinado a los bancos que custodian el dinero del mundo y permiten un monstruoso déficit fiscal, no permitido ni mínimamente para los países emergentes y pobres. El préstamo del FMI es la medida de la pobreza. Son préstamos y gobiernos; por eso promueven la deuda. Se hacen los que analizan y, en realidad, están fijando las condiciones de la entrega, el grado de pobreza imponible para los argentinos. En el mismo instante en que ingresen los dólares del FMI, somos más pobres, y no hace falta el INDEC para que lo sepamos.