Entre la desesperación por los dólares y las elecciones

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El “acuerdo” con el Fondo Monetario Internacional, sumido en dosis iguales de envalentonamiento gubernamental y dudas que el mismo “mercado” no despeja, se lleva casi toda la marca de la agenda publicada. ¿Le alcanza al oficialismo para tirar hasta dónde? ¿O, como fuere, su debilidad económica de base le impondrá obstáculos de consecuencias impredecibles?

Los datos, reales o inferidos, no paran de ser contrapuestos. Es una forma de decir, porque la historia resulta demasiado evidente sobre los efectos que traen arreglos de esta naturaleza.

Caputo Toto es una máquina de idas y vueltas como portavoz de la tranquilidad que nunca llega, mientras el precio de alimentos y consumos básicos sigue disparándose por encima de lo esperado al igual que la caída de reservas en ese Banco Central que dinamitarían.

El FMI, de inmediato al anuncio del préstamo por 20 mil millones de dólares, aclaró que la cantidad final todavía está sujeta a aprobación. Pero ni siquiera eso es el nodo del asunto.

Al margen de cuál vaya a ser la cifra, continúa siendo de comprensión primaria que alrededor de la mitad se destinará a que el Fondo se pague a sí mismo en un asiento contable de postergación de pagos. Y el resto se acumulará a fines de lo que se llama “libre disponibilidad”, que es el eufemismo por fumárselo para sostener la cotización del dólar. ¿Devaluación clavada antes o después de las elecciones?

Por si no bastara con ese Día de la Marmota, un bucle temporal en que el protagonista está condenado a repetir sus circunstancias, tampoco está claro en cuántos tramos el Fondo desembolsará divisas frescas que sirvan al Gobierno para arribar a las elecciones con cierta estabilidad. Es un tópico de hasta dónde aguanta, y no de incertidumbre acerca de cómo terminará, temprano o más tarde, lo que toda la vida terminó de la misma manera.

También es atendible cómo crece la repercusión internacional de la cripto-estafa de Javier Milei, e inclusive lo son algunos síntomas de que la justicia local -verbigracia por el fiscal Eduardo Taiano- no tiene decidido si lo protegerá a rajatabla o le soltará la mano (si es que acaso lo tiene agarrado). Ese aspecto se cruza con que Washington, vía el Fondo, habría resuelto custodiar a su lunático preferido o, en rigor, a la ¿ejemplaridad? de sus mandantes.

Junto con tamaño intríngulis, encuestas encargadas por Casa Rosada, en estos días, ratifican dos cosas concurrentes: la imagen de Milei cae al piso más bajo desde que asumió, pero no hay ningún contraste que lo aproveche.

Es a todo esto que se produjo el cierre de las listas porteñas, para la elección del 18 de mayo, y que ese episodio adquiere un alto valor simbólico.

Hubo transas de todo tipo y factor. La importancia de esos comicios se potencia al entremezclarse con el dibujo de acuerdos -o no- en la provincia de Buenos Aires.

En ese territorio está, por un lado, lo que desde afuera y adentro se aprecia muy mayormente no cual interna entre Cristina y el gobernador, sino como el embate de la ex presidenta contra Axel Kicillof.

Nadie termina de comprender bien el sentido de esa disputa o, mejor, nadie acaba por asimilarlo. Al no haber diferencias ideológicas profundas, ni incluso secundarias, es indesmentible que se trata de una lucha por lapiceras y cargos. Y al ser así, la bronca es más grande vista la clase de oponente extremista que gobierna.

Por otro lado, las disidencias sí baladíes entre mileístas y macristas tensionan con dividir también ese frente que operó como tal en todas las votaciones parlamentarias decisivas.

Eso agrega dramatismo a la interna peronista, porque podría correrse con la ventaja de un adversario partido al medio, nada menos que en la Provincia y como ya ocurrió, mientras entre “los compañeros” se pelean por chirolas. Es más lamentable que increíble.

De allí se desprende, ante la ausencia prácticamente absoluta de una conducción nacional consensuada, el valor alegórico de esta primera elección porteña que despierta tanto interés politizado. Lo es por la proyección que siempre significa lo que suceda en la Ciudad, con altas o considerables probabilidades de que los Macri empiecen a perderla. Pero asimismo, es cuestión del esquema más amplio que ofrece el panorama.

Hay tres miradas que exceden al ámbito capitalino. Puede haber más, pero esas lo son con toda seguridad. No consisten en una visión porteño-céntrica ni Ambacentrista, porque representan el laberinto conjunto de un escenario que desafía al más pintado.

La primera consiste en el asombroso astillamiento de aquello que los modositos mediáticos insisten en definir como “centro-derecha”, del mismo modo en que no le llaman derecha al ultrismo gobernante. Se amparan en el delirio de que ya no hay ni derecha ni izquierda, como si, por decreto intelectual o de frivolidad, pudiera liquidarse el marco conceptual que desde hace más de 200 años sirve para ubicar, en grandes rasgos, a los unos y a los otros.

El oficialismo ideológico, con reproducción por el estilo en varias provincias, concurrirá a las urnas de Buenos Aires fragmentado entre las propias esquirlas libertaristas, con el despechado Ramiro Marra contra el vocero Manuel Adorno, cobrándole factura a la hermanísima que lo echó; con Horacio Rodríguez Larreta también resentido para morderle unos pocos o varios puntos al Pro, y con el Pro sin ninguna figura de peso rumbo a colgarse del travesaño.

Así, en principio, el cuadro se presenta de perlas para Leandro Santoro, quien viene construyendo hace tiempo, por abajo, recorriendo barrio por barrio en actos estimables que, desde ya, carecen de rebote en los medios dominantes. Es una ventana por la que podría colarse la chance de que, aunque sea en el plano legislativo, recupere la Ciudad lo que genéricamente se denomina progresismo.

Juan Manuel Abal Medina y el Movimiento Evita no bajaron su postulación, inservible pero con capacidad de daño en espacios reducidos. Y Alejandro Kim, el simpático coreano que en realidad nació en Flores y acompaña a Guillermo Moreno, mantiene la suya junto con otras opciones que corroboran una segmentación inédita en la vidriera del país. Dicho sea de paso, en torno a Moreno se renovó la polémica respecto de quién/es financia/n su omnipresencia en los medios. ¿Es sólo la búsqueda de espectacularismo a grito pelado o…?

Una segunda mirada es exactamente opuesta a la anterior.

Radica en que, como el vacío opositor a nivel nacional es completo en términos de liderazgo y propuestas alternativas, la derecha puede darse el lujo de concurrir dividida en un montón de pedazos, sin que eso altere la firmeza de su rumbo.

Esto es: son un desastre de articulación electoral; Jamoncito sólo se dedica a remar en dulce de leche el plan financierizado de exclusión social; el acuerdo con el Fondo Monetario es una nueva estafa que no le arregla ni un ápice a la insolvencia macro y le importan tres pitos los desaguisados de La Hermana, aun a costa de perder o sumar poco en los números electorales. Sin embargo, non calentarum.

El argumento es que de ninguna forma estaría en peligro la solidez del modelo. Y, menos todavía, cuando enfrente no se ponen de acuerdo en nada estructural más, claro, la carta de que Cristina vaya presa así sea solamente en condición de amenaza recordatoria de que nos gobernó “la chorra”.

Es entonces cuando aparece la tercera mirada.

Resulta sencilla y hasta obvia, pero tanto la sencillez como las obviedades vienen sucumbiendo ante los signos difusos. Las contradicciones. La nadería y los conflictos interminables en el campo opositor. La indignación por salvajadas que semejan quedar permanentemente impunes.

La semana, a propósito de lo último, alcanzó un nuevo pico con la asquerosa remoción de la obra erigida en homenaje a uno de los gigantes de nuestra historia. Osvaldo Bayer. Hoy, da la sensación de que nada detiene a la cultura del odio porque, encima, lo hicieron a pocas horas de la manifestación impactante por el 24 de marzo. En algún momento, como ya sucedió con los genocidas, no el revanchismo sino la justicia más elemental y luchada habrá de caerles con todo su peso. O bien, esa expectativa se mantendrá.

¿Por qué? Porque la tercera mirada, sea en lo electoral o en lo general que ahora parece inmutable, es que nada está escrito.