A tres años del inicio de la guerra en Ucrania, el diálogo entre Washington y Moscú sobre la finalización de las hostilidades, junto con la marginación de Kiev en la formulación de los acuerdos de posconflicto y, más ampliamente, la transformación del compromiso de seguridad de Estados Unidos con Europa a través de una OTAN en proceso de rediscusión, han sumido a los principales líderes del Viejo Continente en el desconcierto.
El encuentro entre Donald Trump y el primer ministro Keir Starmer apuntó justamente a recrear un principio ordenador de una Europa en crisis a partir del papel protagónico asumido por el Reino Unido, el tercer mayor aportante a Ucrania con la entrega de 15 mil millones de dólares desde el inicio del conflicto, y por su histórica relación atlántica con los Estados Unidos.
El interés británico por construir una nueva alianza contra Rusia aprovechando el vacío que posiblemente deje la retirada estadounidense en Europa, es visto como un salvavidas momentáneo por el presidente Volodímir Zelenski. Más aun, luego de que Trump lo definiera como un “dictador” que pone en riesgo la existencia misma del país que gobierna, y más allá de que finalmente acepte las condiciones impuestas por Washington en cuanto a la extracción y apropiación de los estratégicos recursos naturales ucranianos a cambio de seguridad.
De ahí que la alianza entre el Reino Unido y Ucrania sea clave para el futuro cercano del Viejo Continente. El 16 de enero de 2025, a menos de una semana del inicio del mandato presidencial de Trump, y en el marco de su primera visita a Kiev, Starmer y Zelenski firmaron un ambicioso acuerdo de cooperación destinado a vincular a ambos países por “los próximos 100 años”, y al que están invitados a sumarse otras naciones europeas.
Algunos aspectos de relevancia del acuerdo señalan la vigilancia conjunta por parte de una fuerza europea de ciudades, puertos y centrales nucleares ucranianas. Además, se espera que el convenio de asociación refuerce la colaboración a través del fortalecimiento conjunto de la seguridad en los mares Báltico, Negro y Azov, posibilitando así la exportación de granos desde Ucrania.
Starmer también prometió 3.600 millones de dólares al año en ayuda militar “durante el tiempo que sea necesario” y anunció casi 50 millones de dólares para un programa de recuperación económica en el que varias industrias y entidades bancarias británicas tendrían un papel destacado.
Sin embargo, el aspecto central tiene que ver con la seguridad preventiva, ya que el acuerdo impulsado por Londres apunta al despliegue de un máximo de 30 mil soldados británicos en territorio ucraniano. Por lo ya establecido, resulta claro que los soldados no serían apostados en las zonas de combate, pero tampoco operarían como simples “fuerzas de paz”.
Actualmente, las posturas en el interior del Partido Laborista están divididas entre quienes rechazan la propuesta de Starmer de elevar los gastos en defensa de un 2,3% al 3% del PBI, asumiendo que serán los contribuyentes quienes se harán cargo de esa suba mediante el cobro de impuestos, y quien defienden que una mayor inversión en defensa, y una participación británica directa en suelo ucraniano podría resultar positiva para la Administración Trump, la que contribuiría a fortalecer el liderazgo británico no sólo sobre Europa sino también a nivel mundial.
En una Europa sin restricciones presupuestarias de ningún tipo para las crecientes inversiones militares, las empresas armamentistas británicas fueron las primeras en recibir favorablemente las declaraciones del primer ministro sobre continuidad de la intervención bélica en Ucrania.
El 17 de febrero, el compromiso con Kiev se tradujo en más de 5 mil millones de dólares de ganancias para corporaciones británicas líderes del mercado de armas y de vehículos militares, como BAE Systems, junto con Rolls-Royce y Babcock International.
A la larga, las implicaciones económicas de lo que probablemente se convierta en una nueva fase del conflicto también alimentaron un notorio incremento de las acciones de otras empresas europeas, como la sueca Saab, con un alza de un 12%, y la francesa Thales y la italiana Leonardo, ambas, con subas en la bolsa de más de un 5%.
Más allá del impulso inicial, y del inicial apoyo del presidente Emmanuel Macron, la principal preocupación de Starmer frente a Trump fue la de obtener algún tipo de respaldo, sobre todo militar, en este nuevo proyecto en defensa de Ucrania que, según su criterio, no puede estar al margen de las conversaciones entre los gobiernos intervinientes en el conflicto.
Pero las interpretaciones políticas son distintas, acorde con intereses económicos divergentes. Mientras que Trump intenta detener la guerra para comenzar a cobrar en minerales valiosos y tierras raras lo que afirma sería una multimillonaria deuda contraída por Kiev durante el anterior mandato de Joe Biden, Starmer apunta, en cambio, a incentivar el nivel de hostilidades, al aprobar el mayor paquete de sanciones económicas y militares contra Rusia desde el inicio del conflicto.
Así, el asedio permanente contra Rusia, ahora bajo nuevas formas y condiciones, son opciones concretas, además de altamente redituables, no sólo para el conglomerado armamentista europeo, sino también para aquella dirigencia que no duda en seguir alimentándolo para resguardar sus propios objetivos políticos y, sobre todo, para preservar sus anquilosados sueños imperiales.